15.11.06

Mi experiencia con el Chelito

Era mi primer publicación como integrante formal del equipo de redacción de la revista Magazine. La noticia de un niño de 13 años que había asesinado a un agente de la DEA en Honduras llamó la atención de los editores de La Prensa, en una Nicaragua que, aunque registra índices de inseguridad, es un país tranquilo en comparación con el resto de naciones centroamericanas.

Se me plantea el reto de viajar a Tegucigalpa y conseguir una entrevista con el niño, al cual llamaban “El Siniestro”. Cuando hice periodismo en Guatemala la nota roja no era necesariamente lo que más me gustaba cubrir. Sin embargo, la oportunidad que se me presentaba para desempolvar el ejercicio de la profesión, en la práctica, en el campo, me hizo aceptar.

La construcción del reportaje inició en la sala de redacción del periódico. Se realizaron llamadas telefónicas a la Secretaría de Seguridad y a la Policía de Honduras. Al principio, causó extrañeza que un diario nicaragüense deseara profundizar en un tema concerniente al país vecino. En general, ni en Honduras ni en el resto de Centroamérica se percibe un interés real por divulgar lo que sucede en nuestros países. Luego de algunos titubeos, dudas y cuestionamientos planteados por nuestras potenciales fuentes, aceptaron apoyarnos.

Llegamos a Tegucigalpa un lunes. Teníamos hasta el viernes para conseguir alguna declaración del Chelito. Ya nos habían advertido que al niño le caían peor los periodistas que los mismos policías. De hecho, la prensa local prefería no acercársele, luego de que obtuvieron las únicas declaraciones que, hasta entonces, se le conocían. Cuando fue capturado tras el asesinato del agente de la DEA, Timothy Michael Markey, el Chelito gritó que sólo estaba “esperando salir de la cárcel para chupar la sangre a los jueces y matar a todos los periodistas”. La peligrosidad que funcionarios, policías y la misma ciudadanía le otorgaban, hacían que los medios de comunicación hondureños optaran por abordar el tema de lejos.

A las afueras de la capital se ubica el centro preventivo para menores de edad llamado Renaciendo. Antes de ingresar a la correccional, un funcionario buscó al Chelito para preguntarle si estaba dispuesto a dar la entrevista. Aunque sabíamos que las posibilidades eran pocas, aceptó.

Nos acercamos casi de forma reverencial, pues la fama de su peligrosidad intimidaba. Mas, cuando lo vimos, pensamos que no era para tanto. Era un niño. Tenía mirada inocente. Parecía como si lo acababan de regañar. Y, sin embargo, estaba engrilletado de las manos.

Mientras Orlando Valenzuela, reportero gráfico de Magazine, hacía fotos al preventivo y a la celda construida especialmente para el Chelito, aproveché para entablar una conversación honesta con él, fuera de grabación. Le planteé que queríamos escuchar su versión, que sabíamos que los medios hondureños lo habían prácticamente juzgado y condenado, sin que le dieran el chance, al menos, de expresar su versión de los hechos.

Cuando le dije que veníamos de un diario nicaragüense, dudó un poco, pues mi acento delataba mi origen. “Vos sos chapín”, me dijo. “Dejate de pajas”. Luego de explicarle, asentó con la cabeza y entendí que podíamos iniciar la entrevista.

El Chelito estaba aprendiendo de nuevo a leer y a escribir, pues abandonó los estudios en primero primaria. Por ello, junto a él tenía unos cuadernos en los que hacía planas, y en sus manos un lápiz y un sacapuntas.

Casi nunca me miró a los ojos, y cuando lo hacía, era porque le desagradaban las preguntas que le planteaba. Cuando me veía de esa forma, la mirada ya no parecía tan inocente. Se notaba que tenía fuerza, agilidad, astucia... y mucha rabia. La cámara fotográfica lo tenía nervioso. No quería fotos, pero nosotros necesitábamos documentar gráficamente que estuvimos ahí.

Cuando las preguntas empezaban a abordar temas más delicados, el tono de su voz subía, así como la fuerza con la que apretaba el lápiz. Su enfado empezó a notarse cuando, incansablemente, insistía en sacarle punta. “No te estoy juzgando”, le decía. “Sólo decime si lo que dicen en tu contra es cierto o no. Tranquilo mano, tranquilo”, le insistí. Ahí fue cuando esa herramienta de aprendizaje empezó a parecerme un arma de ataque, en manos de un niño que ya no parecía para nada inofensivo. Y lo tenía de frente. Él sentado y yo de pie, reclinado hacia él, sosteniéndome en uno de los brazos de la silla donde estaba.

Escuchó el clic de la cámara, aun cuando el fotógrafo estaba a una distancia considerable. Valenzuela trataba de sacarle una foto por el medio de las piernas de un guardia de seguridad. El Chelito inmediatamente se puso de pie. Yo di dos pasos para atrás, lo suficiente largos como para separarme algunos metros de él. Empezó a gritar y a recriminar por la cámara. Un grupo de policías lo retuvo y lo llevó de inmediato a su celda. Otros agentes nos pidieron que nos retiráramos inmediatamente del lugar, pues no querían tener problemas con el Chelito. Sin dudarlo, nos fuimos.

Ahí nos dimos cuenta que era cierto que hasta las mismas fuerzas de seguridad le tenían respeto. Preferían que estuviera calmado, a que continuáramos haciéndole preguntas. Al llegar a Tegucigalpa, un poco más relajados, quisimos contar nuestra experiencia al taxista que nos llevaba al Centro Histórico. De inmediato puso cara de susto, y lo primero que nos dijo fue: “¿no les hizo nada?”

2 comentarios:

Renata Avila dijo...

OK, para que no reclame le dejo el primer comentario. Yo, de ser el Chelito,hubiera actuado de forma similar. El periodista a veces, solo a veces, traspasa los límites, en aras de la historia o la noticia, se le olvida la persona que la origina...

Pero por lo visto, usted utilizó un poco de psicología y otro tanto de maña, para conectar ambas cosas.

Unknown dijo...

Fer felicidades por este espacio hay me contas como puedo tener uno así.