Sé que fui yo quien dio las razones para adquirir tan jodida fama. Mi rabo se movía instantáneamente, ante cualquier mujer a la que yo le cayera en gracia. Sin embargo, creo que se apresuraron con el mote; al menos en esa etapa de mi vida. Yo no era perro, era un cachorro. Había finalizado la relación más larga que tuve hasta hoy. Muchas culpas e interminables “hubieran” atormentaban mi cabeza todos los días. Ese sentimiento desgraciado de nostalgia, y quizás de arrepentimiento, me hacía recordar que ya no estaba, que había encontrado a alguien más. Entonces, más por amargura, por desconsuelo, jugué a ser perro, a lo salvaje y descarado. No sabía cómo hacerle. Sólo suponía que debía acercarme sin importar las consecuencias, sin pensar en los daños, sin sopesar los no como respuesta. ¿Clavos? Muchísimos. La mayoría cometidos por la valentía que provoca el sagrado guaro. Pero también coseché una buena cantidad de sonrojos estando sobrio. En pocas palabras, como perro era un desastre. Con el tiempo las cosas fueron mejor. Los no empezaron a disminuir. El cachorrito inexperto ya había cosechado experiencias suficientes como para intentar otras tácticas que funcionaron. Ya era un perro. Lo había logrado y estaba orgulloso. Me complacía que mis amigos, mis amigas y mis amiguitas lo admitieran. Me entretuve, cierto es, pero siempre acarreaba un problema: aún la tenía atravesada. Su fantasma hacía ahogarme, como el pequinés que de niño creció en mi patio y que casi se muere por uno de esos huesitos ya chupados, que le llevábamos con cariño después de nuestra visita al Campero de la Calle Martí. Recuerdo que sobreviví con el hueso atravesado, al menos, un par de años. Hasta que apareció ella. Una nica me hizo expulsar el hueso de la garganta, de golpe. Y fue capaz de producir sentimientos tan intensos, que pude hacer a un lado mi ególatra entretención, justo cuando estaba en mis mejores momentos. Mas lo perro no fue lo único a lo cual renuncié. Por ella dejé más. Por ella lo dejé todo, y me fui. A comer mierda, pero me fui. Cuando volví quise retomar la práctica, y me fue de la patada. Venía lastimado por el espejismo, y el amor propio, que se raspaba con el suelo, hacía pesado el caminar. Literalmente me fue como perro en feria. Quizás en ese momento me alcanzó el postclásico tardío. Ya ninguna me pelaba; ya ninguna quería estar conmigo. Ahí empezó a construirse una comunicación genuina con los perros de a de veras, con los que dicen guau... con los de la calle, los que juguetean libremente en San Pedro la Laguna, los que conviven en armonía con las palomas del parque San Sebastián; con los apaleados y asustados de las plazas cercanas a donde se realizan los mítines. Se forjó un imán casi natural con ellos: me buscan y los busco. La puesta en práctica de una teoría un tanto maquiavélica –no alevosa- hizo terminar mi época de vacas flacas. Comencé de nuevo, pero más pronto que tarde me aburrí. Las mujeres volteaban a ver nuevamente, pero ya no quise seguir con el juego. Ya no las busco, ya no las asedio. Me cansé, me empalagué... no lo sé. Lo cierto es que no quise más de lo mismo. Finalmente aprendí a coexistir con la soledad, esa a la que tanto reproché y que ha sido la única que, al final, ha estado conmigo en todo momento: en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad; en la prosperidad y en los días adversos. Hoy duermo con ella sin patearla. Hoy, al despertar, le doy los buenos días. En mi corazón la temporada de huracanes se extendió más de la cuenta. Ahora finalmente predomina la paz. Ya no soy tan perro, insisto, pero no me creen. Pasan a mi lado y las dejo continuar sin más, sin detenerlas. Sólo levanto las orejas, agudizo el olfato y muevo la cola cuando alguna silueta fuerte aparece y me hace pensar que puede valer la pena caminar a su lado, que puede valer la pena crecer con ella, que puede valer la pena intentarlo. Aprendí a dejar de jadear, a quedarme quieto. Hoy soy capaz de reposar frente al mar y ver el horizonte. No me interesa aguardar, pero no pierdo la esperanza de que, un día, la marea finalmente me la traiga. |
16.11.06
Perro testimonio
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3 comentarios:
Ni perros perseguidores, ni gatos evasivos. ¡Cómo quisiéramos las mujeres hombres evolucionados!
Pero me hizo gracia eso de "... la valentía provocada por el alcohol...", vaya si sé de eso yo..
Aunque pensándolo bien, hay una tercera categoría, previo a los hombres evolucionados, las mujeres tenemos que pasar por Los Canallas (propaganda a mi post)
Estoy leyendo desde el principio, trato de que tus letras me digan algo, o más de ti.
... todo puede pasar.
Saludos!!
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